Terremoto en Panamá 2026: por qué no hubo tanta destrucción
El día que la tierra se movió y las casas aguantaron
Estaba en la fonda de Doña Chita, en Penonomé, comiendo un sancocho de gallina que quitaba el frío. Eran las 9:47 de la mañana del 9 de octubre de 2026. De repente, el piso empezó a vibrar. No fue un temblor corto. Duró como 40 segundos. La olla de barro se movió, los platos tintinearon, y el perro de la señora salió disparado hacia la calle. Yo me quedé sentado, con la cuchara a medio camino, pensando: "esto va a dejar la grande".
Pero no. Horas después, cuando salí a recorrer las calles de Penonomé, Natá, Aguadulce, me di cuenta de que la destrucción no fue tanta. Casas viejas con paredes de quincha, algunas grietas en la iglesia, un par de postes torcidos. Nada comparado con terremotos anteriores que habían dejado pueblos enteros en el suelo. ¿Por qué? Los expertos tienen respuestas. Y yo, que volé sobre la zona esa misma tarde, tengo mis propias impresiones.
Lo que dicen los sismólogos: no fue superficial, pero tampoco profundo
El doctor Eduardo Camacho, del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, me lo explicó con una cerveza en la mano en un bar de Chitré. "Mira, Arpy, el terremoto del 9 de octubre tuvo una magnitud de 6.8, pero la ruptura fue a unos 25 kilómetros de profundidad. No fue un sismo superficial como el de 1991 en Limón, que fue a 10 kilómetros y sacudió como si alguien hubiera pateado la mesa".
Camacho dice que la profundidad del hipocentro es clave. Un sismo profundo disipa energía antes de llegar a la superficie. "La onda sísmica llega más suave. No es lo mismo un golpe directo que un empujón desde abajo".
La doctora Marta Sánchez, del Observatorio Sismológico de la Universidad Tecnológica de Panamá, coincide. "La falla que se activó, la zona de fractura de Panamá, tiene un movimiento de deslizamiento lateral. No es una falla de cabalgamiento, que levanta el terreno y destruye todo a su paso. Es como si dos bloques se rozaran de lado. La energía se libera más gradualmente".
La geología de la región: suelo firme, no relleno
Otra cosa que noté cuando sobrevolaba la región. Desde arriba se ve la cicatriz del río La Villa, serpenteando entre lomas. Pero lo que no se ve es el tipo de suelo. En Penonomé, por ejemplo, hay mucha roca volcánica antigua y arcillas compactadas. No es el típico relleno suelto de una ciudad costera.
"El suelo de la península de Azuero y parte de Coclé es relativamente firme", me dijo el geólogo Rafael Batista, que trabaja para el Ministerio de Ambiente. "No tenemos los depósitos aluviales profundos de la ciudad de Panamá, que amplifican las ondas sísmicas. Aquí la roca está más cerca de la superficie".
Eso explica por qué en Chitré, por ejemplo, solo se cayeron algunas paredes de bloque. En cambio, en un terreno blando, un sismo de 6.8 puede hacer más daño.
La construcción tradicional: quincha, madera y teja
Otra cosa que vi en mis caminatas por los pueblos. Muchas casas viejas están hechas de quincha (caña brava y barro) o de madera con techo de teja. No son estructuras rígidas de concreto. Y eso, aunque parezca frágil, resulta ser más flexible.
"La quincha tiene cierta elasticidad", me dijo Doña Elvira González, una maestra jubilada de Natá que ha vivido 70 años en la misma casa. "Cuando tiembla, la casa se mueve, cruje, pero no se parte. En cambio, las casas de bloque nuevo, esas sí se agrietan más".
Los ingenieros estructurales lo confirman. El ingeniero civil Luis Arosemena, que supervisó la evaluación de daños en la provincia de Herrera, me comentó: "Las estructuras de mampostería confinada, con refuerzos de acero en las esquinas, resistieron bien. Las que fallaron fueron algunas construcciones informales sin refuerzo, pero fueron pocas".
La respuesta rápida de las autoridades
No todo fue suerte geológica. También hubo acción humana. A las 10:15 de la mañana, el Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) ya estaba movilizando equipos. Los hospitales de la región activaron sus protocolos. La Fuerza de Tarea Conjunta revisó puentes y carreteras.
"La preparación hizo la diferencia", me dijo Carlos Ruiz, director regional de Sinaproc en Herrera. "Hemos tenido simulacros, la gente sabe qué hacer. No hubo pánico, no hubo estampida. Eso evita que la gente se lesione o que se generen daños secundarios".
Yo lo vi. En Las Tablas, la gente salió a la calle, pero con calma. Los comerciantes cerraron sus puertas y se pararon en la acera. Los niños estaban en la escuela, y los maestros los sacaron a los patios. No vi a nadie corriendo despavorido.
La lista de lo que realmente se dañó
No quiero pintar un cuadro idílico. Sí hubo daños. Pero fueron localizados. Aquí lo que vi y lo que me reportaron:
- Iglesia de San Juan Bautista en Chitré: grietas en la cúpula y desprendimiento de algunos azulejos. Cerrada por una semana.
- Casa de la Cultura en Penonomé: paredes de adobe con fisuras. La biblioteca perdió unos estantes, pero los libros se salvaron.
- Puente sobre el río Parita: un pequeño asentamiento en un estribo. Los ingenieros lo revisaron y lo reabrieron en dos días.
- Postes de luz en Aguadulce: unos 15 postes se inclinaron. La empresa eléctrica los enderezó en 48 horas.
- Viviendas informales en los alrededores de Chitré: unas 20 casas con daños moderados, principalmente techos de zinc que se movieron.
Nada de colapsos masivos. Nada de pueblos borrados del mapa.
El factor que nadie menciona: la hora del día
Otra cosa que me señaló la doctora Sánchez: la hora. El terremoto fue a las 9:47 de la mañana. "Si hubiera sido a las 3 de la mañana, con la gente durmiendo, el número de heridos habría sido mayor. La gente estaba despierta, en la calle, en el trabajo. Eso reduce la exposición".
No es un factor geológico, pero es un factor humano. Y cuenta.
Lo que aprendí volando sobre la zona
Al día siguiente, sobrevolé la región en una avioneta cesna. Desde arriba, la tierra no mostraba grandes cicatrices. Los ríos seguían su curso. Los pueblos se veían intactos. Solo aquí y allá, alguna mancha de techo caído. Pero nada que hiciera pensar en un desastre mayor.
Aterricé en Chitré y me fui a comer unos patacones con Doña Chita, que ya había vuelto a prender su fogón. "¿Viste?", me dijo. "La tierra tembló, pero nos respetó".
No sé si fue respeto. Pero los expertos coinciden: la combinación de profundidad, tipo de falla, suelo firme y construcción flexible evitó una tragedia mayor. Y eso, para un país que vive en el cinturón de fuego, es una lección.
Lo que haría distinto la segunda vez
Si vuelvo a cubrir un terremoto, llevo casco. No por mí, sino porque la gente se impresiona cuando ven a un águila con casco. También llevaría una libreta a prueba de agua, porque en la zona llueve a cántaros. Y preguntaría más a los albañiles, que son los que saben de verdad por qué una pared aguanta y otra no.
La próxima vez que la tierra se mueva, espero estar en un lugar con buen sancocho. Y con Doña Chita, que ya sabe cómo se comporta el suelo de su patio.