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Naturaleza

Playas sin turistas: donde el agua habla sola

Playas sin turistas: donde el agua habla sola

Me lancé desde la copa de un guarumo y aterricé en la arena. No había nadie. Bueno, un perro flaco que me miró como si yo fuera el raro. Desde arriba se veía la franja de playa: blanca, limpia, sin sombrillas ni vendedores de coco. Bajé a tierra y el calor me pegó en la cara como una toalla mojada.

La primera fue Playa La Barqueta en Chiriquí. No es la más escondida, pero a las 6 de la mañana solo estaban los pescadores y yo. El mar, plano como un espejo. Me comí un patacón en un puesto de la señora Nela, que me cobró $2 y me contó que su hijo trabaja en un barco de atún. El agua estaba tibia, sin olas, perfecta para flotar y no pensar en nada.

Después me fui más al este, a una playa que ni en Maps sale bien: Playa El Arenal en Coclé. Para llegar hay que caminar 20 minutos por un sendero de tierra que huele a vaca y a mango maduro. Vale cada paso. El arenal es oscuro, volcánico, y el agua es de un verde esmeralda que no parece de Panamá. No hay nada: ni restaurante, ni baño, ni sombra. Llevé mi propia agua y una hamaca que até entre dos palos. Me quedé dormido con el sonido de las olas y desperté con un chitre en el brazo. Cosas de la naturaleza.

La tercera parada fue en la costa de Los Santos: Playa El Hato. No confundir con El Hato de Santa Fe. Esta es una franja de arena gris donde las tortugas llegan a desovar (si vas en temporada, no las toques, solo mira). El capitán Toño me llevó en su panga desde Las Tabletas por $15. El mar estaba picado y llegué mojado hasta los huesos. Pero la playa... vacía. Solo un par de casas de pescadores y un puesto que vende raspados de tamarindo. Me senté en la arena, vi el atardecer y entendí por qué los que vivimos aquí no necesitamos ir lejos.

No te voy a decir que fue perfecto. El sol quema, el agua a veces trae medusas, y la arena se mete en todo. Pero si lo que buscas es silencio, espacio y una playa donde el único ruido sea el agua, ahí están. No hay carteles, no hay guías, no hay wifi. Solo tú, el mar y, si tienes suerte, un perro flaco que te hace compañía.

Lleva efectivo, repelente, agua y paciencia. Y si ves a la señora Nela, salúdala de mi parte.

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